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Recuerdos.

¿Dónde quedaron mis recuerdos? Los perdí. Recuerdo haberlos dejado dentro de mi memoria, pero ya no están. No me recuerdo. Me miro al espejo y no me reconozco.Ya no sé ni quién soy. No sé si elreflejo es la realidad.

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Tránsito.

Era un día no tan común, puesto que tenía una cita importante. Asistiría a una entrevista de trabajo, un empleo muy a fin a lo que le gusta. Estudió Economía en la Metropolitana, se dedicó a las finanza. Un empleo en la Bolsa de Valores, su sueño.

La noche anterior preparó su ropa, camisa, corbata, traje, zapatos, todo impecable para la ocasión. Al día siguiente, por la mañana, muy temprano se despertó y levantó para asearse, sacar a su perro y desayunar, no le gusta salir de casa con el estómago vacío. Cogió las llaves de su automóvil, un deportivo que se compró con la herencia que le dejó su padre, justo hace un año.

Le gusta la puntualidad, no importa que tipo de cita sea, procura llegar siempre algunos minutos antes. Salir con tiempo, ya que, el Distrito Federal (DF) es un caos con tanto vehículo y gente, sobre todo cuando llueve. Esa mañana salió con el tiempo justo, llegaría a la hora precisa o, quizás, unos minutos tarde, podrían ser díez, no más. Para colmo de los males, otro automóvil, el de un vecino, le estorbaba, cada situación lo iba atrasando. Era un día de esos en los que no se debe de despertar. Por fin pudo salir del estacionamiento. Hora de entrada de los colegios, coches estacionados en doble fila, ocasionando caos víal; transporte público cerrandose a los demás carros; un choque en el primer semáforo. Todo iba mal, no habría duda, llegaría tarde a su cita. Viró en una calle, para dirigirse por un atajo, pero, ahora, los atajos dejaron de sérlo, estaba saturado. Salío de allí, de pronto, las calles y las avenidas se desasolvaron.  Todo comenzó a fluir. El tránsito no lo desesperaba ni lo estresaba, pues no ganaba nada con ello. Siempre relajado al conducir.

Es un correr de gente por toda el DF, tanto en vehículos particulares, transporte público y/o al caminar. Es un hervidero de gente esta ciudad. No avanza el metro, los usuarios chiflando para apurar al conductor; el transporte público ocasionando caos víal; los transeúntes chocando entre ellos, bocinas sonando y la gente gritándose mentadas de madres.

No le gusta corres en su auto, no le agrada la velocidad. Sabe correr. Así que, ese día, por no llegar tarde, comenzó a correr su coche deportivo, iba esquivando carros, peatones, ciclistas, vendedores ambulantes: tamaleros, panaderos, taqueros, etcétera. Estaba a una cuadra del edificio donde lo entrevistarían, tenía cinco minutos para llegar a su cita a tiempo, pero, no se detuvo a observar si  venía coche sobre la calle que cruza la avenida por la que él va transitando, cuando de pronto, un trailer lo impactó y lo arrastró. Murió al impactarse el trailer con su deportivo, se desnucó. Así es, estimados lectores, es la única cita a la que nunca llegaremos tarde, siempre puntuales.

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Una eternidad.

Me gustaría abrazarte una eternidad, detener el tiempo, hacer una pausa para besar tus labios. Acariciar tu cuerpo, escuchar un te amo, aunque sea falso, y que esa palabra durara el mismo tiempo que el abrazo.

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La última botella.

La última botella.

Mientras su cuerpo yacía dormido boca abajo, sus brazos hundidos en las almhoadas y por sus poros transpiraba una mezcla de diversos destilados de alcohol, ella, a su lado, despierta, intentaba levantarse, sin despertarlo, sabía lo que le esperaba si lo hacía, de la cama, su cuerpo vejado, mayugado, otra vez abusó de ella, en ése estado de embriaguez con el que acostumbra a llegar a su casa cada ocho diás. La viló. Esa noche, bebió la última botella de amargura. Logró levantarse de la cama sin despertar a su marido, se fue mal caminando hacia el baño, lo primero que hizo fue mirarse al espejo, vio su rostro amoratado, se palpó todo el cuerpo, un cuerpo marcado por los golpes. Se sentó en el escusado, orinó, se aseó, se levantó y salió del baño para írse a sentar en una silla del comedor. Lloraba. Miró todo el desorden que allí quedó: envaces vacios, vasos a la mitad, la mesa pegajosa por lo derramado, cenizas de tabaco esparcida por toda la mesa. Un asco. De pronto, allí sentada, desnuda, su senos descansando en el cristal de la mesa, miró una botella llena, sin etiqueta, sin marca, tapada. La destapó, bebió todo el contenido de un trago, se enjugó las lágrimas, se dirigió a la recámara, abrió el cajón del buró, sacó lo pistola, volteó el cuerpo hediondo a alcohol de su esposo, cortó cartucho y le disparó tres veces: la primera en los testículos ¡No más, cabrón!, la segunda en el corazón ¡No más, cabrón!, la tercera en medio de la frente ¡No más, cabrón! Esa botella, la última botella, contenía demasiados grados de valor.

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Odio y amor.

De mi sección: Me amas porque me odias y me odias porque me amas y viceversa, se desprende está sublime oración.

“Te amo con la misma intensidad que tú me odias y me dañas.”

He dicho.
Así habló Germías JEMS.

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Ese sueño.

Y de nuevo ese sueño que no es nada liviano, del que siempre despierto y dejo de soñar, por algunos días, incluso meses o hasta por años, pero después de un tiempo regresa, más intenso, que me ilusiona, pero nada más, un simple sueño, del cual siempre puedo abrir los ojos, pero me aterra cerrarlos cada noche. Quisiera no volver a soñarlo, pero no puedo controlar mis sueños, ese sueño.

He dicho.
Así habló Geremías JEMS.
¡Vámonos!

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Enciende la luna.

Amor, en silenciao, amor.

No hagamos ruido, no despertemos a la luna y las estrellas.

Amosr, despacio, amor.
No dejemos que la noche termine,
no dejemos que amanezca,
apaguémos el sol,
encendamos la luna eternamente.
Amor, a obscuras, amor.
Leámonos, reconozcámonos,
nuestro cuerpos,
en el lenguaje de los ciegos,
ciegos de amor.
Amor, a la luz, amor.
Demostremos lo que es el amor,
a los cuatro vientos.
Sin miramientos ni remordimientos.
Amor, soñemos, amor.
Creemos un mundo, nuestro mundo,
mágico, pero real.
Amor, vivamos, amor.
Sintámonos, el uno hacia el otro,
y viceversa.
Simplemente, amémonos.
Amor, muramos, amor.
Dejemos que piensen que no existimos.
Quedémonos aquí,
tú y yo, eternamente abrazdos, amándonos.
Amor, en silencio, amor.
No hagamos ruido, no despertemos a la luna y las estrellas.
Amor, enciende la luna, amor.

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