Una eternidad.

Me gustaría abrazarte una eternidad, detener el tiempo, hacer una pausa para besar tus labios. Acariciar tu cuerpo, escuchar un te amo, aunque sea falso, y que esa palabra durara el mismo tiempo que el abrazo.

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Las cuatro estaciones del amor.

La vio en el otoño;
la conoció en el inverno;
se enamoraron en el verano;
y terminaron en la primavera.

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Ella.

Con ella aprendí a besar,
ella me enseñó a amar.
De ella me enamoré,
por primera vez.

Ella me mostró,
el cuerpo desnudo
de una mujer,
también,
con ella, hice el amor,
por primera vez.

Ella me enseñó la traición,
se burló de mi amor.
De ella aprendí
lo que es el desamor.

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Amor retornable.

Amor retornable.

Vienes, me busca,

me hablas de amor,

juegas con mis sentimientos.

Sacias tu sed de amor.

Te vas.

Me dejas vacío,

no sé cuando volverás,

cuando te vuelva a dar sed, quizás.

Soy tu amor retornable, desechable,

me vacías, sacías tu sed,

esa sed sexual.

Te vas.

Soy tu amor retornable, desechable,

me llenas con lindas

palabras de amor,

me ilusionas,

me vacías.

Te vas.

Soy tu amor retornable, desechable.

Nunca te quedarás.

No me amas.

Te vas.

Soy tu mor retornable, desechable,

cuánto tiempo pasará,

esta vez, quizás

ya no vendrás.

Soy tu amor retornable, desechable,

sé que con otros estás,

y que muy pronto

regresarás.

Soy tu amor retornable, desechable.

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La última botella.

La última botella.

Mientras su cuerpo yacía dormido boca abajo, sus brazos hundidos en las almhoadas y por sus poros transpiraba una mezcla de diversos destilados de alcohol, ella, a su lado, despierta, intentaba levantarse, sin despertarlo, sabía lo que le esperaba si lo hacía, de la cama, su cuerpo vejado, mayugado, otra vez abusó de ella, en ése estado de embriaguez con el que acostumbra a llegar a su casa cada ocho diás. La viló. Esa noche, bebió la última botella de amargura. Logró levantarse de la cama sin despertar a su marido, se fue mal caminando hacia el baño, lo primero que hizo fue mirarse al espejo, vio su rostro amoratado, se palpó todo el cuerpo, un cuerpo marcado por los golpes. Se sentó en el escusado, orinó, se aseó, se levantó y salió del baño para írse a sentar en una silla del comedor. Lloraba. Miró todo el desorden que allí quedó: envaces vacios, vasos a la mitad, la mesa pegajosa por lo derramado, cenizas de tabaco esparcida por toda la mesa. Un asco. De pronto, allí sentada, desnuda, su senos descansando en el cristal de la mesa, miró una botella llena, sin etiqueta, sin marca, tapada. La destapó, bebió todo el contenido de un trago, se enjugó las lágrimas, se dirigió a la recámara, abrió el cajón del buró, sacó lo pistola, volteó el cuerpo hediondo a alcohol de su esposo, cortó cartucho y le disparó tres veces: la primera en los testículos ¡No más, cabrón!, la segunda en el corazón ¡No más, cabrón!, la tercera en medio de la frente ¡No más, cabrón! Esa botella, la última botella, contenía demasiados grados de valor.

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Amor pasajero.

No le quitaba la vista de encima. Estaban parados de frente. Ella vestía con ropa deportiva ajustada, de buen cuerpo, piel morena clara, ojos de color miel, piernas fuertes y torneadas, vientre plano y caderas amplias. Él, al contrario, la miraba discretamente a través de sus lentes obscuros. Viajaban a bordo de un trolebus. Diferentes destinos. De pronto, ella, con su mano derecha, le recorrió su pecho, y, mientras tanto, le dijo: qué rico hueles. En ese instante, el trolebus se detuvo, abrió sus puertas para el descenso, y sin más, ella se volteo y descendió, sin antes guiñarle un ojo y enviarle un beso. Él, se quedó así.

¡Vámonos!

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El restaurador de corazones.

Fue un pregonar distinto a los que ofrecen sus servicios, claro, el ofrece, también, su oficio, pero uno demasiado extraño. Me llamó la atención su pregonar, salí a hacerle una consulta sobre su labor tan extraña. Me preguntó si tenía un trago de tequila que le pudiera regalar, le obsequié la última botella que me quedaba en la cava, eso me recordó que tenía que agregar a la lista de insumos la compra de más botellas de tequila. A cambio de esta botella, le restauraré su corazón, si es que lo tiene dañado, ¿Por qué se dedica a restaurar corazones? No hace mucho tiempo, una mujer hizo añicos mi corazón, sus últimas palabras, en aquella cita, fueron martillazos, muy fuertes, que hicieron trizas mi corazón, no soporté el daño, no soy un escritor famoso, no escribo cómo los grandes autores, escribo porque me gusta no para gustar, primero ensalsó mis escritos para después reírse de ellos, así que cogí la última botella de tequila que me quedaba, antes de salir de casa, le di un gran sorbo, comencé a recorrer las calles, analizando mi vida, de principio a fin, me di cuenta de que no tenía nada, de que no era nadie, después, analicé la historia del amor que viví, recordé todo lo acaecido, de pronto, sin darme cuenta, comencé a gritar, por las calles:¡Corazónes rotos que restaurar! Así que, si tiene su corazón roto, se lo restauro. ¿Restaura corazones de mujeres y hombres? El corazón es el mismo y los sentimeintos son los mismos para todos, la bondad y la maldad existe en el ser humano. El rencor daña la bondad, por eso me dedico a la restauración de corazones, de sentimientos, no guardes rencores, cuéntamelo todo, ya estoy dañado, rencores más, rencores menos, me inmunicé, me convertí en un mounstro, insensible, inhumano, vivo de mi locura, de mi sinamor. Aís que, si tienes roto el corazón, te lo restauro. No había nada que restaurar en mí, le di las gracias, bebió el último trago que quedaba en la botella de tequila que le obsequié, me tendió la mano, me miro fijamente a los ojos, se despidió: no sé si vuelva a pasar por esta calle, ni siquiera sé si la recordaré, dio tres pasos y continúo su pregonar: ¡Corazónes que restaurar!

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