Amor pasajero.

No le quitaba la vista de encima. Estaban parados de frente. Ella vestía con ropa deportiva ajustada, de buen cuerpo, piel morena clara, ojos de color miel, piernas fuertes y torneadas, vientre plano y caderas amplias. Él, al contrario, la miraba discretamente a través de sus lentes obscuros. Viajaban a bordo de un trolebus. Diferentes destinos. De pronto, ella, con su mano derecha, le recorrió su pecho, y, mientras tanto, le dijo: qué rico hueles. En ese instante, el trolebus se detuvo, abrió sus puertas para el descenso, y sin más, ella se volteo y descendió, sin antes guiñarle un ojo y enviarle un beso. Él, se quedó así.

¡Vámonos!

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