El silencio de una mirada.

Un café insipido, por su añejamiento, el café no es como el vino. Palabras delatoras, inquisidoras. Un rostro clamando ser mirado. Un silencio atento. De pronto, clavó su mirada, pero no en su rostro, en sus ojos, siempre impertérrito, no observaba su rostro, cotejaba miradas con palabras, los ojos no enamora ni mienten. Entró en su alma, descubrió la realidad. El silencio hizo que explotaran las verdades. Él mantuvo el silencio, un silencio sepulcral. Ella no supo leer su mirada, sólo hablaba de sus actos, los ojos no enamoran ni mienten, una mirada a su rostro, otra al reloj. Ella no vio la realidad, no entró en su alma. Lo besó, besos sabor venganza, exitantes, inconclusos. Ya no había más tiempo, el reloj avanzaba rápido, el tiempo, tan relativo, a veces lento, a veces rápido. Él no es inteligente, él no es humano, es un mounstro, un pendejo, él no siente. El tiempo concluyó. Se despidieron en silencio, sin mirarse, ni si quiera a los ojos, los ojos no enamoran ni mienten.

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