El lápiz sabio.

Él fue un sabio. Apenas llevaba la mitad de su vida. Siempre con la punta a flor del papel. Sabía sumar, restar, multiplicar, las ciencias de las matemáticas; una impecable ortografía, nunca se le pasó un acento, una coma, puntos, ¡no, señor!, nunca se comió una letra; y de la historia, la escribió muy puntual y objetiva; sabía de geografías, donde estaban los Andes y los Alpes, sabía de las estepas y las tundras; política, filosofía… etcétera, en verdad que era un sabio.

Era del número dos, con mucho porte, muy fino, de color marrón claro, con su sombrero de goma blanca, siempre limpia, pues nunca cometió un error. Así que, nunca hubo necesidad de usarla. Fue muy querido por todos, niños y niñas, adultos y ancianos, no le importaba el nivel intelectual de quien lo cogía para realizar cualquier tipo de tarea. Él sabía salir siempre adelante. Un muy buen asistente.

Pero ése día, la mano que lo sostenía, recibió una noticia impactante, la cual le provocó un gran estrés y enojo. Poco a poco, fue sintiendo la presión de los dedos, que lo fueron doblando, hasta partirlo en dos, justo a la mitad de su vida. Una vida llena de intelecto. Fue reparado con pegamento y cinta adhesiva, pero, su sabiduría se vació, y nunca más la pudo recuperar. Y, a partir de que fue quebrado y pegado, cometió los errores que nunca en todo su existir cometió.

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