Requiem de una vida.

Salió de bañarse, envolvió su cuerpo con una toalla y con otra su cabello. Se entretuvo un rato en el espejo, se peinó las cejas, se levantó las pestañas y se percató de una protuberancia que le brotó en la mejilla derecha. Salió del baño, por fin. Se dirigió a su recamara, se sentó en la orilla de su cama, se quitó la toalla de su cabellos, castaño claro, movió su cabeza para sacudir su cabello y esparcir por toda la recamara el exceso de agua, seguidamente, se inclinó, y de igual forma sacudió, pero no con la misma fuerza, su cabello, más bien lo meció suavemente y, de pronto, se enderezó rápidamente, echando su cabellera hacia atrás y lo balanceó despacio. Cogió el cepillo y comenzó a desenredárselo. De pronto, sintió una necesidad de recostarse, de relajarse, así que se tendió en su cama, desnuda, extendió sus brazos, sus pies quedaron colgados a la orilla de la cama. Inició a elaborar, en su mente, el balance de su vida. Pensó en su pasado, en su presente, en todas las oportunidades que se le presentaron, en las que supo aprovechar y en las que no. También en todos sus amores, sus logros. En fin, en toda su vida. Descubrió que, ésta, está completa, que nada le hacía falta. Todas las metas logradas, una vida perfecta y plena. De pronto, miró el cristo que está en la pared, del lado de la cabecera de su cama, justo en medio. Mientras lo observaba, su sistema nervioso hizo que su cuerpo brincará como cuando se siente una sutil descarga eléctrica, en seguida, sus ojos se quedaron estáticos, mirando el cristo, su boca quedó abierta, su pecho dejó de agitarse y su estómago de hundirse, sus brazos quedaron en la misma posición inicial, extendidos, con las palmas de las manos hacia abajo. En eso, unos brazos, normales, la acomodaron en la cama, unas manos dóciles le cerraron la boca, después, con mucha sutileza, unos dedos tersos, se deslizaron entre sus ojos para cerrarle los párpados. Y, en ese instante, comenzó a soñar, a vivir de verdad.

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Archivado bajo Cuento, Dedicatoria, La muerte

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