





Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes, edición del IV Centenario.
Esta edición, con motivo de su IV aniversario, está escrita tal cual como lo hizo su autor. Una de las ventajas con las que cuenta es que, al pie de página explica el significado de una palabra en desuso, o cita a los autores de las novelas que leyó este ingenioso hidalgo o nos interpreta lo que quiso decir.
Contiene presentaciones de cuatro escritores: del peruano Mario Vargas Llosa, quien hace un análisis literario; el español Francisco Ayala se da a la tarea de explicarnos como se crea este libro; Martín De Riquer, también español, escribe una breve biografía de Cervantes y comenta sobre sus demás obras y Francisco Rico, erudito español, nos describe el proceso para la edición del Quijote en luengos tiempos.
En este clásico de la literatura, escrito es 1605, por Cervantes, nos muestra, como un hombre, olvidándose de sus quehaceres, se da a la tarea de leer libros sobre caballeros andantes, y es tanta su afición a esta literatura, que se pierde en ellos tratando de recrearlo, o, más bien, de retomar este modus vivendus de los caballeros andantes, acompañado de su inseparable escudero Sancho Panza, quien soñaba con ser gobernador de una ínsula, quienes se dedicaban a la tarea de: enderezar tuertos, socorrer mujeres desamparadas, ayudar a los necesitados y culminar con los facinerosos, perdido en un tiempo y en un espacio. Mientras que la gente los hacia padecer jugándoles bromas relacionadas con los tiempos vividos en añeja época.

Del escritor cubano, Antonio Orlando Rodríguez, premio alfaguara 2008.
Este escritor, cubano, nos relata la biografía de una mujer real que vivió a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, una liliputiense, llamada Espiridiona Cenda “the living doll”, media 26 pulgadas (66cm), bailarina y cantante del vaudeville. Vivió dos momentos sociales trascendentales, la independencia de cuba y la primera guerra mundial. Para Chiquta “La grandeza no tiene tamaño”.
Es una novela biográfica, con un toque de fantasía. Antonio se entera de la venta de la biblioteca de Cándido Olazábala, un viejo de 80 años a punto de recluirse en un asilo, y se dirige para ver que encuentra. Olazábala le pregunta qué si es escritor, a lo que asiente Rodríguez. El vijo lleva al joven escritor a la parte de arriba de su casa y le muestra unas cajas, de las cuales saca una foto de una enana, la cual despertó una gran curiosidad en Antonio, y don Cándido le comenta que en un tiempo quiso escribir la historia de esta diminuta mujer, trabajo que quedó pendiente por la indecisión de redactarla. Eran tres cajas, una se perdió cuando el huracán Fox, en 1952, azotó la ciudad de Matanzas, le comenta don Olazábala a Rodríguez.
Antonio no halla la forma de comenzar a escribir el libro y va en busca de Olazábala para que le relate la historia, y entre los dos logran sacar la obra avante.
Eran tiempos en los que la gente con características diferentes o, de cierta forma, extraña (liliputienses, mujeres barbadas, gigantes, etcéteras) se mostraba al público, ya sea, en circos, ferias, teatros (siendo las atracciones principales en estos escenarios), y por los cuales la gente llegaba a pagar buenas cantidades de dinero con tal de saciar su morbo. De esta forma lograban obtener recursos para vivir, estas singulares personas. Nos platican sobre los amoríos de Espiridiona Cenda, amoríos con hombres de tamaño normal, liliputienses, con dos mujeres francesas y con un adolecente de 17 años, cuando ella estaba en los treinta y tantos años.
Relata algunos aconteceres fantasioso y exagerados, como sus bilocaciones (el estar en dos lugares al mismo tiempo), sobre una cofradía de la hermandad -conformada por este tipo de gente-, sobre su visita a la casa blanca, el asesinato de un mandatario norte americano, el anécdota de cuando su pez la salva de asfixiarse, el disfrute de los coches, incluso, en una de las tantas ferias que se presento, uno de sus promotores le mandó hacer uno a su medida. A pesar de que tuvo que dejar su adorable Cuba para irse, a E.U., en busca del triunfo, siempre estuvo pendiente de su entrañable país.
Un libro bastante ameno por su escritura y contenido. Muestra un par de fotos de chiquita, carteles de donde se presentó, de compañero de trabajo, poemas y pensamientos que ella redacto de su propia inspiración. Un libro que recomiendo ampliamente.
“La grandeza no tiene tamaño”

Era un objeto sexual. Así lo utilizaban mis vecinos. Él tiene alrededor de 30 años, tiene cuerpo atlético, no es mal parecido.
Nunca supo hacer nada por sí solo, siempre le tenían que indicar cual era su tarea. Las realizaba a la perfección, siempre y cuando así se las indicaran. Era un autómata. Se dedicaba a barrer las calles de la colonia en donde vivo. Su nombre nunca lo supe, pero le mentaban con el apodo de “el Chulo”.
Su vida sexual – y vaya que si lo fue- comenzó aquel día en que, por la mañana, y muy temprano, le dio por orinar en un costado de uno de los cinco edificios, de tras de un árbol. Puesto que, el hombre ya no se aguantaba, y siempre tenía que recurrir a orinar o defecar a escondidas. Ya sea escondido de tras de un árbol o de un automóvil, pues no contaba con baño y era difícil que algún vecino le facilitara uno. Justo ese día, mientras desenfundaba su arma para orinar, en ese preciso momento, se le ocurrió salir a tirar la basura a una vecina que, no es que sea puta, sino que las nalgas la traicionas, o en otros términos, es de moral distraída, pero muy distraída, lo observó, y descubrió que el Chulo tenia un ENORME talento, y a ella, en cuanto lo vio, se le hicieron agua las nalgas. Y es que, el Chulo tiene un tolete del tamaño del de un policía.
La vecina fue, entonces, a parársele detrás, y esperó a que terminara, él no la sintió, y al voltear se asustó, el Chulo. Ella le entregó su basura, le dio su propina y le solicitó que la acompañara a su departamento. Él, que es una persona que hace todo lo que le indican, sin chistar, aceptó sin decir nada. Abandonó su carro de basura y la siguió. Es un tipo muy callado, nunca pregunta nada, y sólo responde, a veces, con puros monosílabos, eso si sabe la respuesta, si no lo que hace es sumir el cuello entre los hombros y decir no sé.
Hasta eso, cuenta con algo de educación. Al llegar al departamento, ella abrió la puerta, él esperó a fura hasta que lo invitara a pasar. Anda, hombre, entra, no te quedes ahí, el Chulo entró. Debido a su trabajo era un hombre sucio y olía mal. Como todo autómata, sino le solicitaban que tenía que bañarse no lo hacía. Ya adentro, en el departamento, la vecina cogió una silla, se sentó y se puso a observar, detenidamente, al Chulo. Eres guapo y estás muy bien dotado, le comentó. Le solicitó que se metiera al baño y que se desvistiera para bañarlo. Mientras se desnudaba en el baño ella se fue a poner una bata, entró al baño, preparó el agua y lo metió a bañar. Mientras lo enjabonaba le preguntó que si ya había tenido relaciones sexuales, a lo que respondió que no, ni siquiera sabía que era eso. Entonces ella le comentó que le enseñaría el arte del placer, pero que tenía que dejarse hacer y hacer lo que ella le indicara. Aceptó. Qué otra le quedaba al pobre Chulo.
Entonces, ella se hincó, y con el zacate y el jabón comenzó a frotarle su tolete, y mientras se le enderezaba le preguntaba si le estaba gustando y si lo estaba disfrutando, a lo que asintió, el Chulo, con una cara de borrego a medio morir. Mi vecina estaba maravillada con el juguete del Chulo, y se sentía como niña con juguete nuevo. Después del baño pasaron al cuarto, de allí a la sala, y así se la pasaron hasta la media tarde. Mientras tanto, los demás vecinos estaban enfadados porque por ningún lugar aparecía el Chulo y su carro de basura ya se había saturado de bolsas. Mi solícita vecina, a los placeres, le suplicó al Chulo que no divulgara lo acaecido, pero de qué se preocupaba ésta, si sabía que el Chulo casi era mudo – si no hay preguntas, no hay respuestas, pero estas últimas eran demasiado escuetas, con un simple sí, no o no sé.
Al salir del departamento de la vecina, el Chulo se dirigió en busca de su carro como si nada hubiera pasado. El no entendía de estas cosas, su cerebro no captaba nada de lo acontecido. Simplemente había sido una tarea más. Él nunca mencionó nada sobre los placeres que le brindaba la vecina. Ella lo disfrutó bastante tiempo hasta que se le ocurrió la idea de publicitarlo entre las demás vecinas, las que requerían de estos servicios para sazonar su vida rutinaria. También lo publicitó dentro del circulo gey de la colonia, en el cual fue un hit. Al Chulo no le afectaba en nada si penetraba o era penetrado, a él le daba lo mismo, su cerebro no razonaba lo que acaecía. Nunca se enamoro y nunca nadie se enamoro de él. Los vecinos lo utilizaban como un objeto sexual.
Un día que la vecina requería de sus servicios para llevarlo con otra, descubrió, en la misma posición que al Chulo, a otro barrendero, pero con un tolete no tan agraciado como el del Chulo. La vecina le preguntó por éste, y él le respondió que no lo conocía, que rea nuevo en el ramo. Y, a partir de ese día, jamás se supo ya nada, en la colonia, del Chulo. Hasta que, pasados tres años, me lo encontré en otra colonia, de las que llaman pedregales, vestido de traje, y muy sonriente, de la mano de una doña de la alta sociedad.

Azul.
No hay nada más inmenso
que el azul de tus ojos.
Nada más sublime y profundo
que el azul de Darío.
El cielo no tiene tamaño,
es azul.
El mar refleja la inmensidad
del azul del cielo.
Es mejor la vida en azul
que en rosa.
Aquel blues, el de José cruz,
es tan azul que desprende,
desde lo más hondo de mí ser,
una sustancia salina,
a través de mis ojos.
Ese azul tan elegante
que hace lucir tu figura,
y que en mi despierta
al mounstro de la pasión.
El azul del ocaso,
el azul de la aurora,
no sé cuál es más bellos
de los dos.
Es tu primer nombre, Azul,
el segundo es Soledad.
Y los dos los portas con tal
garbo.
El primero te da vida,
el segundo…Soledad.