Violación.

Vi salir a tres tipos

Del edificio.

Y al llegar al departamento

Me encontré con la

Puerta abierta: violada.

Entré revisando todo.

El comedor en orden,

El florero intacto y las flores

Perfumando la habitación.

La sala con los cojines

En su lugar.

En la cocina los cuchillos,

Todos en su repisa colgados

Al lado de la chaira.

La puerta del estudio cerrada,

Nadie entró allí.

La puerta de nuestro cuarto entre abierta.

Salía un vaho raro, con un aroma excitante.

Empujé la puerta para abrirla completamente.

Me quedé atónito al observar el interior.

En la radio sonaba un blues.

Encendí la luz. Vi la cama

Desnuda, la sabana, la cobija y la colcha

Yacían en el suelo.

Tú en la cama boca arriba;

Con la cabeza hacia la pared;

La mirada perdida, y un cigarro

Consumido en la boca: la ceniza

Se mantenía entera,

No se había desprendido.

Los brazos extendidos hacia abajo;

La pierna derecha doblada;

Tu pelo enmarañado

Y expandido en la almohada;

Tus bragas ocultas entre

Las sabanas; un seno descubierto;

Estabas sudada.

Me acerqué a ti y te abracé,

Te pregunté ¿qué pasó?

Se desprendieron dos

Lágrimas de tus ojos

Y me susurraste al oído:

Con el tipo de lentes

Me gustó mucho más,

Cerraste tus ojos

Y dejaste de respirar.

Cocktail de frutas.

¿Quieres saber cómo es ella? Te la describiré:

Tiene una sonrisa amplia, dulce como el almíbar, y sus dientes perlados. Yo no le podía quitar la vista de en sima. No paraba de contemplarla, y es que es tan hermosa. Tiene un rostro angelical. No cejaba en admirar su belleza.

Su cuerpo delgado la hace lucir más delgada, aun. Me perdí en las mieles de sus ojos tiernos, triangulares: podría quedarme por horas, embelesado, admirándolos. No sé qué es lo que más me gusta de ella: si sus piernas largas y blancas como la crema de chantillí y tan fuertes como dos columnas de marfil; o su cuello largo, rosado como la toronja, por el sol; quizá su piel tan tersa y suave como la piel del durazno; o, será el contorno de sus caderas similar al de las peras; ya sé, sus labios rosas tan húmedos y frescos, siempre, con la textura del interior de una uva; a caso lo fascinante es su pelo largo, basto, negro, ondulado, esponjado, del cual se desprende un aroma similar al de la jamaica; sus nalgas, adustas y redondas como la naranja; o, esos senos, firmes, redondos y lozanos como los melones, con sus pezones rosados y frescos como las fresas; su nariz curveada y sutil como el plátano; y la espalda, espléndidamente arqueada; su vientre plano y fresco, el cual nos indica el sendero hacia el altar de Venus.

Es una Diosa, es mi musa, es…tan deliciosa como un cocktail de frutas. Así es mi Soledad de…

 

¿Fue un sueño?

¡La había amado locamente!

¿Por qué se ama? ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contaros nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: “¡Ah!” ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!

Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación - nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte -, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal - en aquel liso, enorme, vacío cristal - que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

Amó, fue amada, y murió.

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo Tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente como se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo, y murió en pecado mortal.

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

Amó, fue amada, y murió.

ahora leí:

Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

Henri René Guy de Maupassant

(5/febrero/1850 - 6/julio/1893)

Refugio para dos.

Salí y no sé a dónde ir.

No me importa que esté lloviendo.

Voy a buscar un lugar para estar solos los dos.

Un lugar para contemplar el sol,

la luna, las estrellas, la lluvia, el mar

y la inmensidad del azul.

Un sitio, el más confortable

para los dos. Para disfrutar

juntos nuestro amor.

Un lugar eterno,

el más sublime.

Donde no transcurra el tiempo.

Un refugio, azul, para los dos.

Busqué por todos lados,

y no lo hube encontrado,

hasta que miré tus ojos

azulados.

Vida de perro.

Bienvenido al bufet mi cuadrúpedo amigo. Llegaste en el momento exacto. Los comensales de este restaurante, tan lujoso, siempre dejan buenas porciones que los dependientes vienen a depositar a estos cestos para la basura. Cuanto desperdicio, y mientras tanto muchos muriendose por hambre. Sabes, dicen que aquí se come bastante bien, que la comida no es tan mala como en otros lugares, no señor. A ver, que encontraste, ¡oh! Es una buena porción de filete, y con algunas papas fritas. Yo aún no logro conseguir nada bueno, nada que pueda deleitar este exquisito paladar. Cada quien lo suyo o…prefieres que compartamos los alimentos… ¡Eh! Mira lo que he encontrado, es una botella de vino, le quedan un par de copas, claro, si contáramos con ellas. Yo beberé de la botella y a ti te tiraré un poco en ese plato, de acuerdo. Bien. Listo, ahora sí a comer.

¿Qué haces por estos rumbos, mi perro amigo? Ah, porque sólo los buenos amigos comparten…los alimentos. Me has caído bien, y creo que yo a ti ¡salud! Por esta nueva amistad. Que te parece si ahora nos presentamos, mi nombre es…hace tanto tiempo que lo olvidé, no recuerdo como me llamo, pero bueno, algunas personas me llaman vago, limosnero, pordiosero, borracho, y toda esa clase de calificativos despectivos que utiliza la gente para nombrarnos a nosotros, lo errabundos. No me parece nada mal. No me molesta. Si tan sólo supieran nuestra historia: el porque algunos andamos dando tumbos por las calles… ¡Ya te encontré un nombre! Te llamarás Masiosaré. Sí, ese nombre te agradó. Pero que voz tan estentórea tienes ¿Cómo cuántos años tendrás? Puesto que me doy cuenta de que ya no eres un cachorro. Déjame observar tus colmillos, así podré calcular tu edad ¡mmmh! Haz de tener alrededor de unos…3 años a lo mucho. En edad humana haz de tener entre 20 y 25 años, aproximadamente. Mi edad…También la olvidé. Lo único que recuerdo es que el último cumpleaños fue cuando me perdí.

En realidad no me perdí. Quise huir de los problemas, de la monotonía. Quería ser libre y hacer lo que me viniera en antojo. Sin tener que rendirle cuentas ha nadie. También hubo otros motivos. Exacto amigo, una mujer. Se nota que a ti también te ha ido de la patada con las féminas. Comencé a recorrer las calles aquel día en que la sorprendí con otro hombre en el departamento y la cama que compartimos durante 5 largos años. Ese año, en el que la atrapé, nos íbamos a casar. Me deprimí tanto que comencé a recorrer las cantinas, bares y compartí cuartos de hotel con algunas…brujas noctámbulas, hasta que se gastó toda la plata. Dentro de todo lo acaecido yo me sentía, y me siento, muy feliz. Hubo momentos en los que pensé en regresar a casa puesto que ya no me quedaba nada, no tengo nada. Pero sabes una cosa, descubrí que tengo mucho. Tengo el día, entero para mí; tengo la noche, con todas sus estrellas para mí; tengo el viento, tengo la lluvia, tengo el Sol, tengo la calle, nunca me falta una confortable…banca para dormir, tampoco unas cuantas páginas de periódico que me sirvan de cobijo. Y siempre están los grillos para el arrullo y el trinar de los pájaros para el despertar. Todas estás cosas que ya no percibía, que las había olvidado, y que ahora no las cambio. ¡Soy libre y todo esto es mío! Dime ¿hay algo más bello que todo esto?

La soledad, lo que en realidad yo llamo libertad. El hombre tiene miedo de estar solo porque al encontrarse en éste estado es libre, y se pierde, y no sabe que hacer, puesto que, desde hace mucho tiempo, siempre ha estado sujeto a estar bajo las ordenes de alguien. Es dependiente, y los que se dicen independientes…se lo agradecen a Dios, entonces ¿son independientes o dependientes?

La familia. Soy solo en este mundo, mis padres murieron en un accidente. Hermanos no tuve. La demás familia está lejos, no se en dónde. Si, Masiosare, las personas son volubles. Me costó trabajo llegar hasta donde llegué. Me costo muchos sacrificios obtener lo que tuve. Y, sabes, cuando tuve ahí estaban todos mis “amigos”. Nunca, ni por un instante me quedaba solo, siempre había alguien, por lo regular una mujer, o dos. Sí, era tremendo. Durante mi huida, algunas amigas y un par de amigos me ayudaron a…derrochar el dinero, y conforme éste se iba gastando, ellos se iban desapareciendo, hasta que me quedé solo. Y descubrí que el ser humano: los moralistas, los dobles moralistas, los tibios, los conservadores, los persignados, en fin, Masiosare, los hipócritas son mi nausea. Ya no hay hombres libres, como en antaño. Ahora todos se encuentran atrapados en sus trabajos, cegados por la rutina, no ven más allá, enclaustrados en sus problemas ¡maldita rutina!

Las personas. Yo tuve una holgada posición económica. La gente fue muy respetuosa conmigo siempre. Pero ahora, al verme en estas fachas, me tratan peor que si fuera un delincuente. Que si hueles mal, que hiedes a alcohol, que si eres un drogadicto y violador, en fin. Pero ellos, las sociedad, los hipócritas, esos impíos que huelen a perfumes franceses, que van a misa todos los domingos para expiar sus pecados, y así comenzar una semana con el alma limpia, esos dobles moralistas, que están perdidos en su rutina y que se la pasan criticando, a veces hieden peor, son más crueles y despostas, más delincuentes que uno, para que les sirve tanta cultura ¿para qué?, para qué tantos principios. Esos que piensan que la calle es una pasarela, como si la ropa, al igual que los coches, y toda esa clase de enseres, te dieran cultura y educación. Eso individuos son mi nausea.

Así es Masiosare, tuve preparación. Fui a la universidad, estudié la carrera de filosofía. Me gradué con honoris causa, en Historia. Tengo un doctorado. Ahora estudio el comportamiento del ser humano. Y que mejor que hacerlo vagabundeando. En la calle hay mucho material para escoger. Aquí traigo mi ensayo. En otro momento te lo leeré.

Pero qué hay de ti, Masiosare. Se ve que eres de buena cepa. Veamos: buen pelaje, negro el lomo, dorado el pecho, orejas paradas, cola como la del zorrillo, negra por arriba y blanca por de bajo, toscas las canillas y muy buenas garras, el hocico teñido de café, largo, robusto, tan robusto como yo…jajaja…noto que tus amos cuando te procuraban lo hacían con lujos. Mientras eras cachorro todos te consentían, pero creciste y esos mimos fueron desapareciendo, y te abandonaron en el patio trasero, o quizá en la azotea, sin que les preocupara si llovía, si hacía frío, no les importaba el clima mientras ellos estuvieran a gusto, en fin, Masiosare. Si no me equivoco eres de la casta del pastor alemán.

Vamos a ser una muy buena mancuerna. Platícame que te trajo a la vida de vagabundo. ¿Tus dueños se hartaron de ti y te echaron a la calle? O ¿cerraron la puerta del garaje sin darse cuenta de que habías salido? Ya sé ¿una perra? Sí, eso fue. Te perdiste. Saliste detrás de un par de nalgas de perra. También has llevado una vida de perro como la mía. El hombre, nuestra perdición. A ti te han apedreado, te han ahuyentado, te patean, te alejan de ellos, igual hacen conmigo, pero qué tal cuando dicen, hipócritamente: el perro es el mejor amigo del hombre. De pronto uno de esos hipócritas te ha tirado un mendrugo de pan, igual que a mí. Pero eso sí, esperando que Dios se lo multiplique ¡todo se en nombre de Dios! Convenencieros. Si tan sólo lo hicieran por humanidad, pero no, es por conveniencia. Humanidad ¿qué es eso? Eso ya no existe.

¡Qué vida de perro!

A veces es más digna la vida de un perro que la de un ser humano.

Ya es tarde. La noche es esplendida. Mira cuantas estrellas, todas son nuestras. Cómo pasa el tiempo. Es hora de ir en busca de una cama para dormir. Anda, vamos al parque a encontrar una banca confortable. Aquí traigo un poco de periódico para cobijarnos, claro, alcanza para los dos.

Sueño ardiente.

Hasta en mis sueños eres ardiente.

Te soñé. No sé si fue una pesadilla

o si fue liviano.

Ángel o demonio, no sé lo que eres.

Ya no quiero verte pasear más por mi mente.

Me levanté excitado, y…

Mis libros, mis discos,

mis poemas, mi cama,

mi ropa, mis cuadros,

todo, todo, todo…

incinerado. 

Hasta en mis sueños eres ardiente.

Te soñé. No sé si fue una pesadilla

o si fue liviano.

Ángel o demonio, no sé lo que eres.

Ya no quiero verte pasear más por mi mente.

¿Qué eres, Soledad, ángel o demonio?

.

Triste melodía.

De nuevo sumergido en estas

Notas musicales

Melancólicas que me llevan

A viajar hacia mis adentros.

Melodía cansada, aburrida,

Desperdiciada, sin ritmo.

Estropeada.

¿Cuándo comenzó a arruinarse?

Otra vez escuchando el blues de mi vida.

Melodía diáfana que evoca mi pasado,

Muy pesado.

Amores tortuosos; amigos olvidados;

Amigos muertos…todos muertos,

Todos los sentimientos muertos.

Melodía olvidada en aquella

Gaveta. El toca discos, la radio…

No, ya no hay quien la quiera tocar.

Melodía cansada, aburrida,

Desperdiciada, sin ritmo.

Estropeada.

¿Quién la escucha? No hay auditorio.

Todos se aburren con sus compases.

En el concierto nadie le aplaudió.

¡No quiero bailar más esa melodía!

Está muy trillada. No me inspira

Nada. Es hora de quitarla.

¡La odio!

¡No la tolero!

¡Me perturba!

¡Me exaspera!

Quiero cambiarle el ritmo,

Pero no puedo. Es muy

Complicada.

Melodía cansada, aburrida,

Desperdiciada, sin ritmo.

Estropeada.

Cierro los ojos. La melodía

Se va gastando mientras

Voy flotando hasta que

Concluya esta…

Triste melodía.

La vida en el limbo.

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Sentado en el reposet fumándome un habano traído de la vieja Cuba. Bebiendo un tequila sorbo a sorbito. Lento. Inhalando el humo del incienso. Viendo como crece mi amapola y deshojando una margarita mientras escucho un blues de: Real de Catorce.

Con la camisa desabotonada, lo zapatos desabrochados, la corbata y el cinturón flojos. Mientras yo me voy aflojando de cuerpo y alma para ensimismarme en mis pensamientos y perderme en el limbo de mi vida. Aquí, consumiendome en mis pensamientos como este puro; bebiéndome mi vida sorbo a sorbito como mi copa de tequila; deshojando mi vida como lo hago con la margarita que tengo entre las manos, al ritmo de este blues; y expandiéndome por todo el cuarto como el humo del incienso. Pero eso sí, sigo regando la amapola para que crezca más.

Si, aquí, en el limbo. Divagando en pensamientos absurdos, conflictuandome la existencia sin nada que hacer. Perdiendo el tiempo. Aquí, en el limbo de los pensamientos. Holgado de vida esperando que arribes a mi vida.

MI VIDA.

Mujer neumática.

maniqui.jpg

Mujer estrambótica,

Anoréxica, bulímica,

Intoxicada, somatizada.

Soma:

“un centímetro cúbico

Cura diez pasiones”

Mujer de todos,

Y para todos.

Mujer católica, oradora

Hipócrita, pecadora.

Somatizada.

De pensamientos

Airados.

Mujer sin sentimientos,

Sin pensamientos.

Abstraída, distraída.

Somatizada.

Mujer que rechaza

El embarazo.

Deforma la apariencia.

Todo te asquea…

No toleras el rechazo.

Mujer somatizada.

Mujer mecánica, robótica,

Sistemática, electrónica,

Domestica. Somatizada.

Mujer frívola,

Superflua, estereotipada,

Dietética. Somatizada.

Mujer sexual,

bisexual, auto sexual

asexual. Somatizada.

Mujer que no tolera

La gordura

90-60-90…

Liposuccionada.

Somatizada.

Mujer sin ciencia,

Sin cultura, sin postura,

Sin costuras. Somatizada.

¡Cuánto más remiendo,

Más pobre me encuentro!

¡Cómo me gustan

Los trajes nuevos!

Mujer plástica:

De tetas y nalgas

Infladas.

Porcelanizada.

Somatizada.

Mujer modelo,

Mujer maniquí.

Éste es tu mundo,

¡Qué mundo tan feliz!

Mujer de aparador,

Mujer somatizada,

Mujer neumática

Sin valor.

La escalera.

escalera.jpg

Desde aquí se ve muy prolongada la pendiente. Los escalones son muy pesados. Mis pies ya están cansados. Mis zapatos viejos. Las agujetas no están bien atadas. Quiero subir, quiero ascender, pero los escalones son muy pesados. Muy cansados. De hecho están distorsionados; unos son pequeños y altos, otros son anchos y flacos. La cuesta…como cuesta emprender el ascenso. Veo a unos cuantos descender, pasan a mi lado con sus rostros cabizbajos y los párpados gachos. Otros vienen de tras de mí. Comienzan, sin miramientos, el ascenso, con sus rostros llenos de animo. Van emocionados sin pensar en nada más que la cima. Yo no me animo a comenzar el ascenso.

Me agacho, ato las agujetas, veo la pendiente y, sin más que pensar, comienzo a subir. Doy zancadas pequeñas. Voy despacio. Me está gustando el ascenso. No hay fatiga. Ahora doy zancadas más prolongadas. Comienzo a ascender de dos en dos los escalones. Ya tengo prisa por llegar a la cima. Aún que me carcome el ansia de saber que hay más allá. Qué puedo encontrar hasta riba. Quiero saber por qué unos bajan tristes y desanimados, por qué otro lo hacen felices y animados.

A la mitad me tropiezo. Caigo de rodillas. Miro hacia arriba. Me falta mucho camino por recorrer. Me levanto con dificultad y volteo de nuevo a ver el camino, ambas partes, la recorrida y la que falta por recorrer. Pienso en regresar. Ya no tengo fuerzas, mis pies están agotados. Aflojo las agujetas. Me quito los zapatos, me sobo los pies, y decido continuar el ascenso.

Ahora voy más sereno. Una persona se me acerca, es una mujer. Me ofrece un cigarrillo, lo acepto y, ella, me lo enciende. Más adelante un tipo me ofrece un trago de alcohol. Me extiende una botella de cogñac. La cojo y le doy un trago, un gran trago. Me quedo varado en este escalón bebiendo y fumando.

Después de un rato, un prolongado rato, decido continuar con el ascenso. Perdí bastante tiempo fumando y bebiendo.

Ya me falta poco camino por recorrer. Faltando pocos escalones me encontré con una bella mujer que me ofreció probar el amor. Lo tomé. Me entretuve otro buen rato. Al cabo de un tiempo ella se fue, iba de subida, no podía entretenerse mucho tiempo. Me dio un beso y continúo su camino.

Me quedé estancado, divagando en los placeres que brinda el amor. Pero más que amor era el placer de satisfacer el ansia sexual, probar con diferentes mujeres las diversas formar de ejecutar el sexo. No era amor, era ego, mostrarme a mí mismo y a mis competidores mi virilidad, pero no era más que pura vanidad. El amor no existe para mí.

Saciado de los placeres carnales que me brindaron diversas mujeres y después de un prolongado receso decidí proseguir mi andar. Cogí fuerzas y me encaminé con más ánimo, ya no quiero entretenerme más, quiero llegar a la cima, ya estuve varado mucho tiempo y no he logrado nada. Ahora los escalones se hacen más pesados, pero hay que concluir el camino.

Me faltan algunos peldaños, me encuentro de nuevo con otra mujer, muy diferente a las que había conocido anteriormente. Ella me está demostrando que el amor sí existe. Quiero llegar a la cima con ella. Surgen nuevos distractores en el camino, pero ahora no los tomo en cuenta, los paso de largo.

Por fin, con mucho trabajo, he llegado a la cima. Veo un pasillo grande, al fondo una puerta de la cual salen y entran personas de todas las edades y de todos lo sexos, con diferentes expresiones en sus rostros: unos felices, otros tristes, algunos más preocupados. Unos salían y se iban para no volver, otros para descender y comenzar de nuevo. Observo el camino que hubimos dejado atrás. Fue largo y tedioso, pero al fin concluyó. En la entrada está parada una chica muy hermosa, es una hosstes, con buen cuerpo y con un rostro angelical. Trae, a la altura del pecho, un botón con su nombre, lo leo, se llama Soledad, sí, es mi Soledad. Nos abre la puerta y nos invita a pasar. Y mientras vamos entrando nos da la bienvenida a la vida, nos indica que pasemos a formarnos y nos solicita que seamos pacientes. La fila es larga, pero vale la pena la espera, nos comenta. Nos dirigimos a la fila, nos formamos y esperamos nuestro turno pacientemente.

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